
Vínculos que sostienen: crecer en un centro de menores
Elísabeth Córcoles Adán – Vocalía Centros de Acogida
Cuando un niño o una niña llega a un centro de menores, no solo cambia de entorno, cambia su manera de estar en el mundo. Llega con una historia marcada con vivencias que muchas veces no ha podido comprender ni expresar. Son menores que intentan reconstruirse, que necesitan sentirse queridos, reconocidos y seguros. En ese contexto, comparten el día a día con otros niños y niñas que arrastran vivencias parecidas, lo que hace inevitable que surjan conexiones entre ellos, se establecen relaciones afectivas, vínculos, que como diría Barudy, pueden entenderse como experiencias relacionales que permiten reparar, al menos en parte, las heridas provocadas por contextos de negligencia o maltrato. Barudy plantea que el desarrollo saludable no depende únicamente de la familia de origen, sino de la posibilidad de que existan figuras y contextos que ofrezcan cuidado, protección y reconocimiento. En este sentido, tanto los iguales como los adultos del centro pueden convertirse en agentes de resiliencia, favoreciendo nuevas formas de vincularse más seguras. Muchos jóvenes empiezan a ver en sus compañeros un apoyo cercano y significativo. No sustituye a la familia de origen, pero sí ofrece un espacio donde sentirse acompañado, comprendido y menos solo. Se cuidan, se defienden y aprenden juntos a salir adelante. Pero también discuten, se hacen daño y, a veces, se distancian. Porque cuando no se ha crecido con vínculos seguros, querer también implica miedo.
En ese equilibrio frágil, la figura de educadores y profesionales de las residencias y hogares es clave. No son padres ni madres, pero pueden convertirse en referentes fundamentales: adultos que permanecen, que sostienen y que no desaparecen cuando surgen dificultades. Cumplir una promesa, escuchar sin juzgar o estar presente en un momento complicado puede marcar una gran diferencia. Para muchos menores, estas experiencias son nuevas y, precisamente por eso, transformadoras. De nuevo, en línea con Barudy, la continuidad, la coherencia y la disponibilidad emocional de los adultos son elementos esenciales para generar experiencias de apego más seguras, que aportan una mirada profundamente esperanzadora hacia el futuro: incluso cuando el inicio de la vida ha estado marcado por el dolor o la carencia, las personas no están determinadas por su historia. La posibilidad de vivir experiencias de “buenos tratos” a lo largo del tiempo permite reconstruir la confianza, resignificar lo vivido y desarrollar capacidades afectivas más sanas. Esto significa que cada vínculo positivo, por pequeño que parezca, puede convertirse en una base sobre la que construir una identidad más segura y un proyecto de vida diferente.
Sin embargo, hay un elemento constante: la temporalidad. En los centros, las despedidas forman parte del día a día. Un compañero se va, otro llega. Un educador cambia de turno o de lugar. Y cada una de esas rupturas, por pequeña que parezca, puede reabrir heridas del pasado. Por eso, aprender a despedirse, a cerrar etapas y a comprender que los vínculos no desaparecen del todo también forma parte del proceso.
Lo que sucede dentro de un centro de menores no siempre es visible desde fuera. Pero en lo cotidiano se construyen aspectos muy profundos: la confianza, la identidad, la forma de relacionarse con los demás. Algunos vínculos son breves; otros dejan una huella duradera. Y aunque no resuelven todo, muchas veces representan el primer paso para que estos niños, niñas y jóvenes empiecen a creer que merecen algo diferente.
Porque crecer en un centro no es solo adaptarse a un nuevo lugar. Es aprender, poco a poco, que relacionarse con otros no tiene por qué doler, que la permanencia es posible y que uno mismo también merece cuidado.