
MISIÓN DE LOS CENTROS DE ATENCIÓN DIURNA Y PROCESOS DE CAMBIO
Quino Ferrer Trabajador Social. Asociación Periferia. Vocalías Centros de día
Esta reflexión es a título personal y basada en más de 15 años de experiencia trabajando con familias en situación de necesidad.
Los Centros de atención diurna hemos tenido que adaptarnos a la nueva normativa. Hay muchas cuestiones que nos dificultan el día a día y que es necesario abordar. Este escrito se centra solo en una de ellas: los tiempos de atención a familias y menores. La solución que se propone al final valdría para cualquier otra cuestión.
Los Centros de Día de menores hemos venido trabajando sin límites de tiempo.
Un menor podía estar desde los 6 hasta los 18 años. El concierto entre los Centros de Día y la Generalitat Valenciana supone limitar como máximo este trabajo a 3 años.
Cuando se impone algo por ley hay que asumir que algo tenemos que aprender. En este caso lo tengo claro. Limitar temporalmente el trabajo nos va a permitir enfocarnos en el aprovechamiento del recurso. Dar de baja a familias/menores estancados, que no aprovechan, y de esta manera dejar espacio a otras que sí.
Nos va a permitir enfocar mejor el objetivo final: que no nos necesiten, romper la dependencia. Nos va a permitir superar ese paternalismo del que a veces pecamos intentando sustituir a la familia. No somos la familia.
Y para finalizar nos permite ponernos plazos en los planes familiares y de esta manera trabajar según lo proyectado.
Pero ¿cuantos años son necesarios para revertir las situaciones con las que nos encontramos?
Para responder es necesario conocer las situaciones de las personas con las que trabajamos.
Familias disfuncionales, desestructuradas, monoparentales, sin apoyos reales, con escasos recursos económicos, con formación nula o escasa, con un nivel cultural muy bajo, con falta de equilibrio emocional, con dificultades en las relaciones intrafamiliares, con muchos traumas arrastrados desde la infancia, faltos de habilidades parentales, faltos de hábitos positivos, etc.
Luego hay casos más graves que nos traen historias de drogadicción y otras dependencias, internamientos, maltratos hacia las mujeres, abusos sexuales y de toda índole.
Parte de las familias suelen vivir en viviendas ilegales, otras en pisos compartidos limitándose a una habitación, y las que pueden pagar un alquiler no suelen llegar a fin de mes. Haciendo un pequeño estudio en mi entidad, aproximadamente un tercio de los menores entran en las dos primeras categorías.
Pasamos en una generación de educar desde el castigo, el miedo y el palo, a exigirles educar con la palabra, sin habilidad ninguna para conseguirlo. ¿Cuántas generaciones harán falta para integrar este cambio?
Si así están las familias, los menores reflejan esta realidad: desequilibrio emocional, falta de estabilidad, desmotivación. Cada uno construye su personalidad a modo de escudo protector de la situación en la que ha crecido, proyectando todos sus déficits en la relación consigo mismo, con los demás, hacia la vida, hacia los estudios, etc.
En resumen, trabajamos con familias y menores en modo de supervivencia vital, económica y emocional.
Pasar de sobrevivir a vivir es nuestro objetivo. ¿Cuántos años hacen falta para conseguirlo?
El trabajo con estas familias es análogo a aquel personaje de la película “Cadena Perpetua” en el que con una cucharita va poco a poco, día a día, haciendo un túnel para salir de la prisión. Lo que sucede es que nosotros nos vamos encontrando piedras en el camino y hay que sortearlas.
¿Cuánto se tarda en terminar este túnel?, lo que tarde.
¿Cómo hemos venido trabajando y afrontando esta realidad?
Nuestro enfoque siempre ha sido el de acompañar en el proceso de educar, de vivir, a la vez que servimos de soporte vital, de palanca para la mejora personal y familiar.
Los procesos de cambio o terapéuticos en este tipo de realidades no son lo mismo que con las personas con cierta estabilidad. Haciendo un símil con la pirámide de Maslow, si no consigues llenar la nevera o tener un techo, es complejo pasar al siguiente nivel. Nosotros tenemos que conseguir que llenen la nevera, que se equilibren, que curen sus dependencias, sus traumas, que eduquen correctamente, que no se desanimen, solucionar los imprevistos, etc. Y todo esto a la vez porque tienen que educar a sus hijos, cuando en realidad deberíamos ir por partes.
¿Cuánto tiempo hace falta para conseguir esto?
Te das cuenta lo que significa el multiproblema. Resulta que entras de lleno en un tema, por ejemplo, la dependencia emocional y de repente viene un desahucio, un accidente, una muerte, una enfermedad, un nuevo nacimiento no deseado, o una situación X que debes abordar y que paraliza todo lo demás. Esto es el pan de cada día. El contexto social afecta profundamente a este tipo de familias y eso no lo podemos cambiar.
Al igual que para operar a un paciente se necesita estabilizarlo, con el trabajo con personas pasa lo mismo, antes de conseguir determinadas cosas hay que estabilizar. No se puede trabajar la parentalidad positiva si estás en modo “histeria” o en modo “estrés” por la razón que sea. En muchos casos nos pasamos años estabilizando al “paciente” y en otras, nuestra función se limita solamente a estabilizar para que los hijos/as tengan el menor impacto negativo.
Así pues, solo podemos ser un soporte. Mal hacemos en pensar que en un pack de sesiones solucionamos la vida de nadie o las curamos de ciertos males. Por esta razón prefiero llamarlo atención o acompañamiento.
Es una especie de prevención que en muchos casos trata de evitar males mayores mientras se van dando pasitos.
Nosotros ofrecemos espacios de vida luminosos, respetuosos, donde se sienten aceptados, niños y familias. A través de nosotros consiguen afrontar poco a poco lo que ahí fuera se encuentran, que dadas sus historias de vida suele ser una realidad hostil.
Y claro que hay avances. Las familias mejoran, los niños mejoran. Unos consiguen estabilizar su situación económica, consiguen una casa legal, otros mejoran las relaciones intrafamiliares, las familias van aprendiendo a comunicarse con sus hijos, a inculcarles valores positivos.
Sobre el concepto de riesgo
Determinar que una familia está en riesgo es poner una etiqueta. No creo en las etiquetas ya que limitan y fijan la realidad que queremos revertir.
El estar en riesgo o no, es una decisión de un profesional e implica verlo en blanco o en negro. La realidad no es así. Entremedias existe el poco, el bastante, el mucho, el demasiado, y el riesgo que se quema. Y por supuesto en estos casos en los que la cosa está muy clara que quema hay que actuar.
Me gusta hablar más desde la visión de necesidad. Pensar en riesgo implica vigilar y castigar. Pensar en necesidad implica ayuda y apoyo. Nuestra misión siempre ha sido que el daño sobre los hijos sea el mínimo posible de manera que tengan el mejor de los futuros posibles.
Desde los diferentes organismos se detecta una situación, se envía a Servicios Sociales y estos catalogan de riesgo o desprotección.
Esto tiene una perversión a la hora de trabajar con las familias, el factor miedo y el factor culpabilidad. Desde el miedo no hay cambio, no hay proceso de mejora, cualquier cambio solo es aparente. Y sí, hay excepciones, como en todo. Desde la culpa y el señalar es imposible conseguir una relación profesional-cliente que potencie sus capacidades.
Y es verdad, a veces hay que actuar desde el miedo porque no hay otra opción, pero son los menos.
He visto multitud de familias declaradas en riesgo qué, pasado el tiempo correspondiente por ley, dictan que ya ha finalizado el riesgo. Pero la realidad es otra, están igual o peor que antes.
Que complejo lo tienen los Servicios Sociales siendo a la vez policías y profesionales de la ayuda.
Los Centros de Día teníamos algo de diferente en esto, podemos llamarlo nuestro hecho diferencial o valor añadido. Las familias traían a sus hijos por voluntad propia. Y esa es la clave para trabajar desde la ayuda y el apoyo, y no desde el miedo.
Hay dos condiciones esenciales para todo proceso de mejora: la voluntad, y la relación de confianza. A veces nos cuesta un curso entero conseguirlas. Son la base desde la cual luego iniciamos el trabajo. Sin esto no hay nada, todo es ilusorio, una simple máscara.
Si pasamos a trabajar solo desde el concepto de riesgo, si pasamos a trabajar con un límite irreal de tiempo, si pasamos a centrarnos en la ley y no en las personas corremos el riesgo de perder lo mejor que teníamos, nuestro valor añadido.
La educación como herramienta para el cambio
Hace unos años en la entidad donde trabajo nos pusimos como objetivo que todo niño/a consiguiera mínimo la ESO. Lo hicimos porque pensamos que la educación es la gran herramienta para superar gran parte de los problemas heredados, sobre todo los económicos.
Es por eso que en todos los Centros de Día hay refuerzo escolar. Trabajar a tres años máximo nos impide conseguir este objetivo. Los menores, conforme crecen se encuentran que los estudios son más complejos y necesitan nuestro apoyo porque las familias siguen sin poder ayudarles a esos niveles, y por supuesto, son incapaces de pagar un repaso escolar privado.
Un niño/a que entre con 6 años, a los 9 se queda sin refuerzo escolar.
El ejemplo como inspiración. El que los mayores del grupo sean un referente para los pequeños siempre ha sido una herramienta para nosotros. Un par o tres de mayores que estén estudiando en los últimos cursos de la ESO o en FP tienen más influencia en los medianos que cualquier discurso nuestro.
El no tener estudios, a la larga, se convierte en el mayor “riesgo” para la futura vida.
Con esta nueva manera de funcionar dejamos de realizar una labor esencial para el éxito escolar.
Institucionalizar y dependencia
Solo se puede institucionalizar si la institución se encierra en sí misma, se aísla.
En los centros de día se promueve la apertura. Hay menores que necesitan pasar más tiempo en familia y se valora que no vengan algunos días. Abrimos el espacio para que las familias ayuden a sus hijos en los estudios. Realizamos actividades integradoras con el barrio, con la sociedad. Buscamos experiencias de ocio externas, normalizadas para que los niños vivan otras realidades. Todo está enfocado a la integración social y desde un punto de vista comunitario.
A nadie se le ocurriría pensar que los colegios institucionalizan (o igual sí, ahora que lo escribo, sería otra reflexión) su objetivo es prepararles para la vida. En los Centros de día hacemos lo mismo. No cabe el concepto de institucionalizar. Sí que podemos caer en hacerles dependientes para algunas cosas, y ahí tenemos que aprender que no hay que hacerles, sino enseñar a hacer. Hacer una cosa a alguien que sabe hacerla es llamarle inútil.
Consecuencias de todo esto
Siempre hemos sido el sistema preventivo para evitar medidas de protección. Estas medidas al final son un trauma para todos y es verdad que hay veces que es el mal menor para un niño/a. Además, son un gasto social. Nuestra misión siempre ha sido la de que los niños permanezcan con sus familias; con unas mínimas condiciones claro está.
Si nos vemos obligados a dejar de trabajar con familias y menores pasados 3 años lo más probable es que el proceso de mejora se corte, se paralice. Con muchas familias tendremos que hacer un trasvase a Servicios Sociales. Esto provocara la saturación de un sistema ya de por sí sobresaturado.
Como consecuencia de quitar el apoyo habrá más casos de desprotección, más drama, más medidas, y si todo el mundo cumple la ley, el sistema de centros de acogida se verá seguramente colapsado.
¿Cuántos años de permanencia harían falta?
Pues depende. Habrá familias que con 3 será suficiente pero el niño necesitará de los servicios de apoyo. Otras necesitarán 6, otras 12.
Para Solucionar determinadas situaciones que crean riesgo en menores habrá veces que se necesite hasta varias generaciones.
Cualquier empresa que se precie debe de hacer seguimiento de lo que funciona y lo que no. Al igual pasa con cualquier mecanismo de funcionamiento de la Administración. Llevamos 3 años de concierto y esta labor de ver lo que funciona y lo que no funciona se tiene que ir viendo en los años sucesivos.
Es necesario establecer espacios de comunicación entre la administración y las entidades que gestionamos los centros para que se valoren todas estas cuestiones, no desde el punto de vista legal sino funcional. Unos espacios que testen y verifiquen el modelo en base a la experiencia y los resultados.
Considerando la necesidad del límite de tiempo que nos imponen y nuestra naturaleza de lo que hemos venido siendo, seguro que hay punto de equilibrio y conexión entre estas dos ideas, que, ante todo, prime el beneficio de las personas.
Arantxa Sena Marco
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